Especialmente orgulloso de este dibujo. Totalmente experimental. Imitar el efecto acuarela por ordenador fue muy divertido.
El texto que acompaña la imagen no tiene nada que ver, pero bueno. Algo tenía que hacer. Enjoy.
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Era el repicar de las persianas contra mi ventana acosadas
por el viento lo único que se escuchaba en la nocturna oscuridad de aquella
madrugada tormentosa. La luz de la lámpara con débil intento iluminaba este
rincón en el que me apoyo, esta mesa de madera vieja, rajada y con manchas de
tinta de algún escrito ya olvidado. Arropado vanamente con la manta de lana
sobre mis piernas, frío en el alma, pluma temblando entre los dedos. Se
estremeció una vez la llama en un temblor álgido, suspiro de muerte, amenazando
con apagarse hasta que volvió a serenarse como el mar tempestuoso que duerme
plácidamente tras la tempestad.
No llegaba sin embargo a mí esa calma. Goteando sobre el
papel, había ocupado solo dos manchas negras la blancura ambarina del papel.
Entretanto, volaban ideas mecidas por un mismo soplo en mi cabeza sin que
ninguna llegase a causarme realmente impacto. La pluma descansaba ahora a un
lado, y en mis manos la frente hacía lo propio. La calma del cuarto que en otro
momento podría haberme resultado un grato regalo, parecía coger peso sobre mis
hombros, como si me presionase intentando aplastarme contra el suelo. Mis
pensamientos aceleraron su marcha como en un torbellino hasta que estallaron
desperdigándose hacia todos lados y sólo quedó un profundo vacío.
Bien podría haberse el tiempo detenido, o haber pasado horas
desde entonces. Sólo un escalofrío me hizo saltar sobre mi lugar. No había sido
una imagen, pues nada habían detectado mis ojos, ni siquiera en la imaginación
plutónica de mi cerebro. No se trataba
de una fragancia, tampoco un sonido, aunque mis oídos se estremecieron como si
escuchasen misteriosamente el repiqueteo de una risa juguetona. El peso se hizo
más fuerte hasta el punto de que cerrando mis párpados veía dos codos
hundiéndose en mi espalda.
-No puedo escribir- Lamento amargo ahogado en mis brazos
cruzados sobre la mesa.
-Escribe sobre mí- Petición caprichosa de quien en mi
espinazo se apoyaba.
-Sal de aquí.
-No lo haré. ¿Por qué no puedes escribir sobre el afecto?
-Nunca dije “afecto”.
-No en voz alta.
-No es asunto tuyo.
-Desde luego que lo es.
-Sal de mi mente de una vez. Desvanécete como el humo rizado
por la brisa suave, como las ondas en un lago manso. Ser tan intangible como
los reflejos de luz sobre la superficie del agua, tan etéreo como el perfume de
una flor arrancado por el temporal. ¡Disuélvete en la lluvia y deja de lacerar
mi reposo!
-Y cuando me marche, sin embargo, correrás tras de mí. Niño
tonto.
-Te marcharás. Claro que lo harás. Tú puedes aspirar a los
cielos, y vienes a los fangos como divertimento.
-No me evites.
-No te vayas.
El repiqueteo aún no se ha detenido. Sigue sonando fuera,
contra el cristal, empañado todavía. Y el frío aún no se ha ido. Ni la llama se
ha extinguido. El papel sigue en blanco, y la tinta como un mar negro contenida
espera a la pluma, que reposa elegantemente a un lado. Pero algo ha cambiado. Algo
cálido vive aquí ahora.
Y que las horas se vuelvan eternas.



