lunes, 21 de mayo de 2012

El fanfic de "el Oráculo de Phira" / Prólogo, parte segunda



Mientras estábamos cenando la luz se apagó de repente, y un estallido de luz azul iluminó de repente toda la habitación, reluciendo y destelleando en las copas de vidrio y en el resto de superficies de cristal. Unos segundos después, en la lejanía, bramó un trueno. La luz volvió poco después, y mis padres se levantaron para apagar los aparatos eléctricos. Mi padre apagó la televisión resignado mientras yo apuraba las últimas cucharadas del guisado. Sentía ahora en mi interior un calorcillo muy agradable.

Retiré mi plato con los cubiertos una vez hube terminado y los dejé en el fregadero. En mi habitación una serie de aparatos parpadeaban en la oscuridad, por haber llegado la luz de golpe, de manera que había que volver a ponerlos en hora. Pero mientras me disponía a hacerlo de nuevo se apagó la luz, y la oscuridad completa trajo consigo de nuevo otro destello, esta vez más furioso, que dejó sumida la ciudad en la noche. No se habían acostumbrado mis ojos a la falta de iluminación cuando sonó un ensordecedor trueno que me agitó el corazón e hizo vibrar el suelo.

Palpé con cuidado el tablero del escritorio con los dedos hasta adivinar que la superficie áspera que estaba tocando era la silla, y me senté con cuidado. Poco a poco, comencé a distinguir las formas en la habitación. La pantalla del ordenador se perdía en la penumbra de la mesa, pero la levísima luz fría que entraba permitía que se intuyese la alta estantería, los bordes de los libros que se difuminaban entre sí y conformaban un armazón único que se levantaba confundiéndose con la oscuridad en el techo. La lluvia acribillaba en forma de mil agujas la ventana empapada.

“Juraría que tengo una vela por aquí” musité para mí mismo. Me levanté de nuevo y avancé calculando los pasos que había hasta la estantería, arrastrando los pies para no tropezar con nada. Paseé los dedos por los lomos de los libros y me estiré hasta tener que ponerme de puntillas para llegar al estante superior, el cual barrí con la yema en mi búsqueda, pero me topé con un grueso tomo que se precipitó sobre mi cabeza cayendo estrepitosamente al suelo. Al agacharme a recogerlo encontré en el estante más bajo lo que estaba buscando: a su lado relucía un pequeño encendedor de gas de color azul que me habían regalado solo porque en él salía mi personaje favorito.

Dejé el volúmen sobre la mesa. El mechero soltó primero una chispa y después se encendió con un chasquido grave en forma de llama rubia que me hizo daño en los ojos. La mecha negra y retorcida prendió rápido en forma de una gruesa llama que hizo que la cera no tardase en brillar y desprenderse en forma de gotitas espesas.

Reconocería este libro entre mil iguales. Con las esquinas torcidas y la cubierta quebrándose y desprendiéndose hacia los bordes, mi viejo diario descansaba sobre las hojas cuadriculadas llenas de apuntes de clase. Una cerradura pequeñita de seguridad poco convincente brillaba con pequeños desconchones del color del óxido. Mis manos se estremecieron con el contacto de las tapas pardas de textura porosa, como si estuviese recogiendo una joya delicada, como si todo el peso del tiempo estuviese concentrado en aquel ejemplar. Los recuerdos me asaltaron y yo los acogí con ternura.

Bastó la presión de un palito para que cediese el cierre, con un “clic” inconfundible. Y entonces se abrieron ante mí todas las historias que le había contado. La primera lágrima de cera resbaló hasta depositarse en el posavelas vidriado, cuyos colores relucían y parecían moverse debido al temblor de la lumbre. La tinta azul describía unos garabatos de mayor profundidad y sentido que la forma en la que estaban descritos. Y en poco tiempo quedé sumido en la lectura de tan cautivador relato.

viernes, 11 de mayo de 2012

Las vías del tren



Dedicado a mis fans sevillanos: Enlhadern, Camaleón y Spin. Porque sin ellos no sería lo mismo. Y porque no puedo alegarme más de haberlos conocido.

Era poco habitual encontrarse a gente de aquella clase en un pueblo semejante. La gente que pasaba cerca no podía evitar girar la mirada, temerosos de cruzarla con alguno de los dos, intentando abarcar los detalles de sus ropas o la forma de sus siluetas en la memoria, para después comentarlo con aquellos que no tuvieron la oportunidad de pasar a las cinco de la tarde por delante de la estación del ferrocarril. A la señora no se le veía el rostro; tal vez por ello a todos les quedó el recuerdo de ser la criatura más hermosa que jamás habían visto.La forma de sus hombros se podía intuir bajo el pesado chal azul que se extendía en mil plieges. El vestido, de un tono más oscuro, pasaba a través de las patas de la silla debido a su volumen. Las manos, enguantadas en un fino tejido de color lechoso, podían verse a veces rizando algún largo mechón que había escapado del recogido bajo el amplio sombrero. El caballero apoyaba un codo en la mesa y con la mano se acariciaba la barbilla recién afeitada. De tanto en cuando se sacudía algún copo de polen que le había caído en la solapa del traje, brillante como las perlas negras.
-Me gustaría saber qué estás maquinando en esa cabecita tuya.
Ella no contestó. Ni siquiera giró la cabeza. Su pecho subía cada vez que tomaba aire, cosa que hacía con suma calma. El canto de los pájaros en las ramas de los naranjos alegraba la tarde soleada. Dos señoras mayores pasaron cerca de allí por el adoquinado de la calle central, murmurando con las cabezas tan juntas que las viseras de sus cofias tropezaban y el fru-frú de las faldas se hacía audible. Dirigieron una mirada a los singulares extranjeros y reanudaron la marcha tras un momento de silencio.
-Creo que no lo vas a adivinar. No esta vez.
-¿Estás nerviosa?
-Es a ti a quien le dan miedo, no a mí.
-No seas mala conmigo, anda.
-Nadie dijo que tuviera que ser amable.
El camarero trajo lo que se le había pedido. De la taza de café se derramaron un par de gotas que resbalaron hasta llegar al plato. El otro vaso llegó intacto por los pelos. El hombre se disculpó por su terrible pulso y se marchó haciendo una leve reverencia, que fue contestada por una levísima y displicente inclinación de cabeza.
-¿Chocolate caliente? ¿En verano?- rió la muchacha.
-Mira quién fue a hablar. Sóplale bien al café, no vayas a quemarte la lengua.
La aludida asió con un dedo la tacita y la acercó a su sonrisa. La colocó de nuevo sobre su platito de cerámica desgastada ya por el uso, donde podían advertirse los restos de pintura de lo que fueron unas flores rosáceas.
-Dicen que Sevilla es preciosa.
-Lo vamos a pasar muy bien. Dicen que los jardines son de una singular belleza.
-No sé exactamente con qué esperas encontrarte.
-¿Lo sabes tú?
-Con gente maravillosa. Si son tal y como se muestran, lo serán.
-Y a ti, ¿quién te lo ha dicho?
-Un pajarito. Uno azul.
-Entonces dice la verdad. Créele.
Un ferrocarril se detuvo en la estación con gran estruendo y escupiendo una gran columna de humo rizado. Ambos apuraron sus bebidas. El camarero se acercó para preguntar si querían algo más, pero ambos se limitaron a coger las maletas y pedir disculpas, pues debían coger el tren antes de que se fuera. Este se despidió de ellos, haciéndoles una nueva reverencia, y se quedó a ver el convoy partir. Tenía algo de especial, algo que hacía que no se cansase de verlo pasar aunque trabajase en el café de la estación. Cuando este se fue perdiendo en la lejanía, observó la infinitud de las líneas férreas y exclamó para sus adentros “¡Pero bueno! ¡Si no han pagado la cuenta!”

miércoles, 9 de mayo de 2012

El fanfic de "el Oráculo de Phira" / Prólogo, parte primera



El día había amanecido nublado, y aunque se pudieron ver algunos claros de luz durante el mediodía, lo cierto es que desde el horizonte se extendían amenazantes unas nubes oscuras como el tizón que taparon el sol hacia la tarde, dejando la calle teñida de un ligero color plateado. Daba la impresión de que se rizaban sobre sí mismas, haciéndose paulatinamente más densas, así como las olas del mar giran una vez antes de empapar la orilla. El manto algodonoso trajo consigo los vientos del norte, que desde la mañana se dedicó a anunciar la tormenta que estalló cuando ya estaba anocheciendo. Cuando llegué a casa apenas había comenzado a chispear y el cielo empezó a rugir relámpagos débiles que rasgaron la bóveda en forma de grietas luminosas. Un fortísimo trueno sorprendió mis oídos, y significó el pistoletazo para que el aguacero comenzase a caer.

Yo había llegado a tiempo para evitar empaparme, y en mi cabello apenas había caído un par de perlas cristalinas que me sacudí salpicando la chaqueta.

-¿Miguel? ¿Eres tú?- Mi madre me llamó desde la cocina. Hasta el recibidor llegaba un olor a carne muy suave y el rumor del agua hirviendo en el fuego se mezclaba con el de las gotas de lluvia golpeando con rabia las ventanas. En el interior de la casa había un ambiente cálido, que hizo que rápidamente comenzase a sentir el cosquilleo de la sangre corriendo de nuevo por mis manos heladas.

-Sí, mamá ¿quién voy a ser?- De camino por el pasillo hacia mi habitación me apoyé en el marco de la puerta abierta de la cocina para ver qué preparaba. Era un guisado de patata y ternera. La zanahoria hervía en el fuego, temblando sobre la superficie burbujeante del caldo de carne, y mi madre se dedicaba a cortar el resto de ingredientes sobre la encimera. Al verme llegar me echó un vistazo rápido para cercionarse de que no tenía la ropa mojada. Después siguió cortando con un afilado cuchillo de mango reluciente una cebolla que había hecho que tuviese los ojos brillantes.

-¿Qué hacías en el vestíbulo?

-Estaba colgando el chaquetón, eso es todo.- Y dicho esto reanudé la marcha hacia mi cuarto, que se perdía en la esquina del corredor.

“Con lo que has tardado podías colgar diez abrigos” fue lo último que escuché antes de cerrar la puerta de mi habitación.

Mientras esperaba a la cena saqué los libros de la cartera y me dispuse a hacer unos ejercicios de matemáticas, pero me resultó imposible. Sería el influjo del tiempo, pero el murmullo del aguacero y el rasgido del bolígrafo contra el papel me estaban induciendo una especie de sopor, de manera que tuve que soltarlo si no quería acabar durmiendo sobre el cuaderno. Al hacerlo me miré los nudillos: los tenía muy rojos, al contrario que el resto de la mano que se mantenía todavía pálida y algo entumecida, aunque ya habían entrado en calor.

La cena fue rápida y copiosa. Mi madre era el tipo de persona a la que le gustaba que todo pareciese perfecto aunque realmente no lo fuera. Por ello colocaba con esmero las servilletas de papel dobladas con cuidado al lado de los platos de porcelana con ornamentaciones de color salmón. Nunca comprendí esa obsesión suya de cuidar los detalles cuando no iba a venir ningún invitado a quien tener que dar buena impresión. Y sin embargo seguía yendo de la cocina al comedor, ora con un tapetillo de tiras de mimbre entrelazadas, ora con una salsera de boca alargada, ora con aquella aceitera tan bonita que le regalaron no-sé-dónde.

domingo, 6 de mayo de 2012

Natural


La noche se extendía por las calles de la ciudad. Las bombillas de las farolas en su coraza de cristal trataban de luchar contra ella iluminando precariamente la acera. Brillaban como luciérnagas, cuya luz más que disipar la oscuridad parece ser engullida por la penumbra. Algunos coches pasaban a veces iluminando con sus faros el asfalto que se perdía en la negrura y que resurgía a ratos según pasaban los vehículos, así como si estos fuesen trazando su propio camino que desaparecía tras de ellos. En los que estaban aparcados se podía percibir que tenían empañados los cristales. Pocas ventanas quedaban ya encendidas, y las figuras tras de ellas se adivinaban cansadas, preparadas para acabar ya el día. El viento traía una humedad que calaba los huesos y entumecía el espíritu. El murmullo de las hojas de los árboles agitándose rompía a veces el solemne silencio. En los bordes del pavimento crecían plantas secas y puntiagudas, aunque uno podía encontrarse un arbusto con margaritas y otras flores silvestres. La naturaleza salvaje se extendía por las praderas y la carretera se estiraba como un corte negro sangrante en el muslo de piel joven. El olor dulzón del jazmín bajó serpenteando de un balcón y se dejó llevar mecida por la brisa, que la hizo subir por las colinas y los caminos de piedra negra que subían y bajaban.

Primero se oyó el eco de unos tacones aguijoneando la piedra negra. Después, el crujido de las piedrecitas y su tintineo al rebotar unas con otras. Le siguió el sonido de unos zapatos subiendo  escaleras, y por último la música metálica de unas llaves cerrando una puerta con sigilo. Ella había llegado al fin a casa. Al encender la lámpara del largo pasillo el tono cálido le pareció un regalo. Al fondo de este, en un espejo que ocupaba toda la pared, podía ver su figura cansada. A medida que el reflejo se iba haciendo más grande y nítido, iba quitándose los zapatos, que se quedaron atrás. Al sentir el suelo fresco en la planta de sus pies la recorrió un escalofrío agradable y su vello se erizó por unos instantes. El bolso se descolgó del hombro hasta la mano y corrió la misma suerte. Antes de entrar a una habitación a su izquierda, echó una última ojeada al pasillo y su luz se desvaneció como si hubiese dejado de resistirse a ser inundado por la nocturna negrura al tiempo que ella tras la puerta.

Una vez encendido, el agua caliente no tardó en empezar a generar vapor que iba ascendiendo y rizándose. La imagen del cristal se fue emborronando hasta que desapareció tras una película semitransparente. La piel apenas se reflejaba como una mancha confusa. Se palpó los pechos, todavía calientes a causa del vestido que yacía junto al resto de ropa en un rincón. Varias horquillas fueron juntándose en el borde del lavabo de cristal a medida que los mechones de cabello se liberaban del recogido y recuperaban, desordenados, su posición natural. El agua caliente le sacudió el frío y dejó en reposo su cuerpo. Su mente, por otro lado, permaneció muy lejos de allí, más salvaje que el campo, más allá del horizonte donde se perdía el camino negro, durante largo rato con la lluvia constante sobre su cabeza.

Mientras con la toalla se secaba el cabello vigorosamente, él entró de pronto. Sus miradas se cruzaron por un instante que pareció muy largo. Ella trató de tapar su desnudez, mientras que él entró de golpe para no dejar salir el calor del baño. El vaho, que había empezado a escabullirse al encontrar una salida, chocó contra la salida ahora cerrada y se arremolinó sobre si mismo. Se observaron sin dirigirse palabra. Ella con los ojos cansados, y él con la risa en los labios. Pasó rápidamente y sin cuidado la mano del cristal dejando un trazo irregular. Ahora podía verse con claridad. No era de su cansancio del cual hacía mofa; el motivo de su risa era que tenía los ojos tiznados por los restos de maquillaje.

Ella se frotó los ojos con una toallita húmeda, dejando su piel enrojecida. Él dejó la camiseta que llevaba puesta en el montón de ropa, en la esquina. Ella se sobresaltó al notar las manos cálidas y secas por sus hombros perlados, retirando las gotitas que caían del cabello aún mojado. Él las deslizó hábilmente y en un momento el nudo de la toalla se deshizo y cayó al suelo. Ella apenas pudo reaccionar cuando notó cómo la cogía de las muñecas y le abrazaba.

-Estás bellísima - Dijo, mientras aspiraba el perfume de su cuello.

-¿Así? ¿Con el cabello empapado pegado a las sienes, las ojeras amoratadas y la cara enrojecida?

-Que se vayan el maquillaje, los vestidos y las joyas. Así eres solo tú. Y estás bellísima.

La playa en la ventana


Miré por la ventana entre consternada y melancólica. Las fieras olas rompían continuamente contra las redondeadas piedras de azabache, al borde de la costa, en la desértica playa. El maravilloso mosaico natural que se formaba allí era equiparable a la salamandra de Gaudí, creando formas y dunas de fulgor plateado. La luz, albina, se filtraba por las plomizas nubes, llevadas por el viento arreciante, resbalando por la superficie del firmamento a gran velocidad.
No entendía la causa de mi inquietud. En mi interior un millón de mariposas ansiaban volar lejos de allí, arremetían contra mi vientre constantemente, intentando perforarlo y correr liberadas.
Clavé entonces la vista en el horizonte. Se abría a mí, escupiendo los espumosos hilos grisáceos desde donde alcanzaba la vista, como tejidos por Frigg, amenazando una temprana lluvia. Los trazos imperfectos y desordenados creaban una red de telarañas en la mística bóveda, maravillando incluso al mar, que palidecía en su reflejo. El baile del oleaje, motivado, avivaba su gozo, con más fiereza, más fuerza, más pasión.
Las alargadas hojas de la copa de un melocotonero alcanzaban mi ventana, y la llamaban golpeando, deseando refugiarse, alertándome de la inminente tempesta.
La danza de aquella dama llamada Mar me abstrayó. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí?¿Cuántos años, meses? La recordaba. Pero como a un desconocido de la calle. Mi memoria sólo la revive al pasar junto a ella, más tarde es una incómoda verdad, una molestia. Un sonido continuo al que gritamos para que pare, pero inevitablemente nunca morirá.
A veces se nos olvida que las cosas más importantes las solemos tener al lado.
Entonces abrí la ventana, a consecuencia de esto, todos los papeles de mi mesa volaron por el aire. Y por fin llegó a mí ese inconfundible olor a sal.


jueves, 3 de mayo de 2012

Despertar



Cuando la pesadilla acabó, en su tan liviana barrera entre la fantasía y la realidad, se creó una extraña semejanza. El mundo material y el abstracto, reconciliados. Me di cuenta al instante de que con el fin del uno había estallado en un silencioso disparo el comienzo del segundo, y ambos eran aterradoramente similares. La onírica tortura se había tornado del humo intangible en corpóreo, y aun me laceraba. Mi mundo, mi tan preciado mundo. Aquél donde las nubes son de apetitoso algodón rosado, en el que los peces parecen observarte, en el que los cuadros te sonríen en secreto. Allí las caracolas esconden mares, y uno puede escucharlos si acerca la oreja. En el que los duendes habitantes de húmedas y oscuras cuevas repiten lo que dices si te adentras en su morada.

Mi incorruptible cosmos había sido mancillado, tachado y parasitado por la tintura gris de la realidad. El asedio implacable de la mundanal miseria había asaltado aprovechando el asombro que su duro golpe me había provocado, el delicado entramado que componían mis sueños. Como estrellas prendidas del techo, todas ellas cayeron al ser cortados los hilos que las sujetaban por las afiladas infamias de terrenal origen. Las mismas que con grietas de un suave tono rojo invadieron los ojos castaños incapaces de ver por las incipientes lágrimas, a punto de caer.

Encontré la cama vacía. Y me acordé de quién debía estar allí. Aun ahogando un sollozo, no pude evitar que una gota abriese un húmedo surco en mi mejilla. Acaricié por largo rato la sábana que solía arroparte, la almohada que hacía de tus noches un apacible descanso. Y, por último, acerqué el rostro al caprichoso colchón, que en un intento de retener tu esencia, se había quedado con restos de tu aroma. Mientras captaba estos materiales recuerdos, me invadió la terrible sensación. La que hace que nos de cuenta de que eras real, y no te tenía entre mis manos.

Me encontré vacío. Y recordé quién debería completar mis huecos. Aun conteniendo un gemido de asombro, no pude evitar el abrir mis ojos a causa de la sorpresa. Acaricié por largo rato mis brazos, que solía arropar, los labios que acariciaba buscando un plácido reposo. Y, por último, acerqué la cara a mis manos, que en una desesperada última búsqueda de esperanzas intentaron retenerte y habían atrapado parte de tu olor. Mientras me reponía de la impresión me di cuenta de que eras real, y de que te habías ido.

Pero, aunque no lo sepas, no importa. No sabes que estamos todavía unidos.


Nos une el mismo sol y la misma noche.

La misma luna y el mismo día.

El calor, el frío, el viento y las tormentas.

El agua y la tierra, amor, nos amparan, aun separados, bajo el abrazo de la misma vida. Y al hacer tan vívidas las evidencias que señalan tu existencia, puedo expresarte sin duda ninguna que es palpable, innegable y mi única idea aun limpia el que te amo. Por siempre.

martes, 1 de mayo de 2012

De batallas épicas y terribles gigantes


Las cadenas habían sido liberadas. Lo que creía que sería luz, tan solo seguía siendo una oscuridad profunda. Inundaba como el agua llena una pecera, la inhalaba parasitando hasta la punta de sus cabellos del miedo a la nocturnidad. No fue un súbito estallido, ni el galope de un percherón lo que le hizo abrir los ojos: solo el tierno despertar, cuando se esfuma el sueño gradualmente al volver en consciencia del mundo onírico. Las cadenas habían sido liberadas. Las que le apresaban contra su asiento, colgaban débiles a ambos lados, desvalidas de la fuerza que le oprimían y que insensatas no habían hecho más que retrasar el momento de su liberación.

Bastó un esfuerzo para levantar, pero de inmediato cayó al suelo. No podía mantenerse en pie. Sentía clavarse como un millar de agujas los ojos de la negrura líquida mofándose de su estado. Qué aspecto tan patético, tirado, desarticulado en el suelo, víctima de la fragilidad. Su imagen recordaba a la perversa infancia: un niño cogiendo un par de alas de las cuales una libélula forcejeaba para elevarse de nuevo. El rasgar, como papel de estas. La caída inevitable, al soltar, del insecto inocente, y la risa ante el intento fallido de echar el vuelo. Era él la libélula que bregaba en contra de la carencia de energía, en un intento de alejarse de la propia muerte. ¡Vergüenza, sentimiento cruel! ¿Dónde fue la gloria del pasado? No se hallaban muy lejos. Al contrario, las creía ver a su lado, como fragmentos de bolas de cristal, recipientes de humo y recuerdos, que se dispersan como montones de hojarasca pisados y pateados. Las cadenas habían sido liberadas, pero se veía atado aún.

“Pues, si andar no puedo, deberé deslizarme por el suelo, aunque mi efigie se me parezca más al émulo del mal reptando por un manzano, que a la de un insigne caballero”, no haciendo falta incitador o peligro, dio renovada movilidad a los brazos muertos y vida al agotado corazón. En su camino o arrastre rozó un objeto, cuya sorpresa trajo más que temor una alegría intensa. Cuando dejó de girar sobre sí mismo con un repiqueteo peculiar, lo tomó de una mano “¡Aja! Vieja amiga, también a ti te tuvieron presa, lejos de la mano justa de aquél que, empuñándote, atraviese el espectro del mal. Vuelve a mí, que juntos nos vengaremos, tú por tu amo, que yo me encargaré de desagraviar la ofensa a tu esencia: defensora de los amparados bajo tu filo”. Al levantar, con nueva esperanza en el pecho, avanzó haciendo caso omiso al poco equilibrio que le permitían sus pies, hasta llegar a la puerta de su cárcel, de aquella extraña y sombría sala donde lo habían confinado, la cual con solemnidad fue abierta con la pequeña mano de tan bizarro hidalgo. Las cadenas habían sido liberadas y se retraían de miedo con su peculiar sonido metálico.
Un enorme pasillo repleto de luz se extendió ahora ante él. Quiso volver la cabeza para ver, ahora iluminada, la sala de su cautiverio, pero se contuvo temiendo correr la misma suerte que Orfeo y su libertad en forma de Eurídice se esfumara de pronto. De esta manera, avanzando cabeza al frente y corriendo lo que podía por el alargado recinto, se vio forzado a detenerse. ¿Qué eran aquellos sonidos que se escuchaban de repente? ¿Qué era ese espanto que de nuevo lo inmovilizaba? “Los pasos de un monstruo” pensó “¿son las pisadas del gigante macho las que retumban ahora en mi cabeza, o me he vuelto loco acaso? No, funcionan bien mis oídos, al igual que mi vista, porque lo veo desde el fondo emerger, de la fuente de luz a la que me dirijo. Ha tomado mi tierra, es seguro, y a todos aquellos que allí habitan. Ahora se ha percatado de mi presencia, pues su rostro se ha tornado en la imagen de la sorpresa. ¡Ahora se acerca!” El valeroso caballero corrió hacia él entonces, con hálito acelerado y el corazón bombeante en la garganta.

“Las cadenas fueron liberadas ¡Sabed, bestia o demonio! Que jamás bajo la guardia de mi arma justiciera se permitirán semejantes irreverencias a los terrenos de la torre deslizante, del castillo balanceante y los extensos campos de arena que van más allá del horizonte, y que el desacato a mi tierra se paga con la cabeza del traidor” balbuceó emitiendo sonidos confusos e indescriptibles “decidid, pues, si queréis, bestia o demonio, salir con vida o pelear dignamente por vuestras pérfidas intenciones”

El gigante macho, lejos de sentirse amenazado, permaneció de pie “pobre insensato. En el momento cercano a su derrota hasta yo puedo sentir pena por él. Pero es por una causa superior a mi competencia por la que peleo, no por la compasión hacia el prójimo. Es esa tarea de otros” Y concluyó, guiando la empuñadura bien asida a su objetivo “¡Preparaos!”. “¡Carolina!” de repente gritó su oponente “¡Carolina!” repitió, yéndose de forma apresurada del lugar. “Es evidente” pensó “es evidente que su seso blando de gigante ha sabido, por un momento, reconocer el peligro y la derrota, y cegado por la luz del bien que mi cuerpo irradia, ha sido incapaz de permanecer ante mi persona, por lo cual ha huido. Es menester no menospreciar el juicio de estos seres, que pueden valorar la grandeza de un contrincante y valorar si les es pernicioso en demasía o pueden sobrevivir a una batalla” cavilaba sobre todo este asunto sin detener su marcha hacia el exterior, bien pagado de sí mismo.
Creía ver, a lo lejos, en cada destello de luz un recibimiento para alguien tan insigne como él, que había escapado de la cueva de los malignos engendros. Correrían los juegos y los cantos entre sus allegados. Y todos alabarían su audacia. Los trovadores contarían sus historias, y el retrato de la carrera que comenzó se grabaría con tinta indeleble en las páginas de la historia. Formulando en murmullos estas quimeras, avanzaba con pie firme y cuidadoso contagiándose él mismo de la alegría de las fiestas en su honor que aún no habían sido celebradas. Todas estas ideas comenzaron a nublarse, así como su vista. El mismo peso que en un momento, que tan lejano parecía colgaba de nuevo en sus párpados. Las fuerzas le abandonaban a medida que los pasos iban acortándose, hasta caer de nuevo al suelo. Una nebulosa ocupó su pensamiento. “Oigo más allá de mi entendimiento unas pisadas rítmicas que parecen acercarse. No obstante, su sonido se atenúa constantemente y pierden significado ¿será, tal vez, el gigante hembra? Aquí acaba mi trágica historia: nacido para la batalla, morí en ella.

-Míralo. Durmiendo en mitad del pasillo. Normal, lo hemos tenido todo el día en el parque.

-¿Qué quieres, Carolina? En cuanto le he visto andar he ido corriendo a avisarte.

-Pero, ¿seguro? Con la de veces que hemos intentado enseñarle…

-Te digo yo que sí ¿Cómo ha llegado aquí si no?

-Igual, si le hubieses puesto bien la correa del carrito no habría llegado hasta aquí ¿O es que ha aprendido solo también a quitársela? Anda, coge el sonajero, que lo tiene ahí tirado, y trae un pañal limpio. Ha sido demasiado esfuerzo para una sola tarde.