domingo, 3 de marzo de 2013

Las horas


Especialmente orgulloso de este dibujo. Totalmente experimental. Imitar el efecto acuarela por ordenador fue muy divertido.
El texto que acompaña la imagen no tiene nada que ver, pero bueno. Algo tenía que hacer. Enjoy.

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Era el repicar de las persianas contra mi ventana acosadas por el viento lo único que se escuchaba en la nocturna oscuridad de aquella madrugada tormentosa. La luz de la lámpara con débil intento iluminaba este rincón en el que me apoyo, esta mesa de madera vieja, rajada y con manchas de tinta de algún escrito ya olvidado. Arropado vanamente con la manta de lana sobre mis piernas, frío en el alma, pluma temblando entre los dedos. Se estremeció una vez la llama en un temblor álgido, suspiro de muerte, amenazando con apagarse hasta que volvió a serenarse como el mar tempestuoso que duerme plácidamente tras la tempestad.
No llegaba sin embargo a mí esa calma. Goteando sobre el papel, había ocupado solo dos manchas negras la blancura ambarina del papel. Entretanto, volaban ideas mecidas por un mismo soplo en mi cabeza sin que ninguna llegase a causarme realmente impacto. La pluma descansaba ahora a un lado, y en mis manos la frente hacía lo propio. La calma del cuarto que en otro momento podría haberme resultado un grato regalo, parecía coger peso sobre mis hombros, como si me presionase intentando aplastarme contra el suelo. Mis pensamientos aceleraron su marcha como en un torbellino hasta que estallaron desperdigándose hacia todos lados y sólo quedó un profundo vacío.
Bien podría haberse el tiempo detenido, o haber pasado horas desde entonces. Sólo un escalofrío me hizo saltar sobre mi lugar. No había sido una imagen, pues nada habían detectado mis ojos, ni siquiera en la imaginación plutónica de mi cerebro.  No se trataba de una fragancia, tampoco un sonido, aunque mis oídos se estremecieron como si escuchasen misteriosamente el repiqueteo de una risa juguetona. El peso se hizo más fuerte hasta el punto de que cerrando mis párpados veía dos codos hundiéndose en mi espalda.
-No puedo escribir- Lamento amargo ahogado en mis brazos cruzados sobre la mesa.
-Escribe sobre mí- Petición caprichosa de quien en mi espinazo se apoyaba.
-Sal de aquí.
-No lo haré. ¿Por qué no puedes escribir sobre el afecto?
-Nunca dije “afecto”.
-No en voz alta.
-No es asunto tuyo.
-Desde luego que lo es.
-Sal de mi mente de una vez. Desvanécete como el humo rizado por la brisa suave, como las ondas en un lago manso. Ser tan intangible como los reflejos de luz sobre la superficie del agua, tan etéreo como el perfume de una flor arrancado por el temporal. ¡Disuélvete en la lluvia y deja de lacerar mi reposo!
-Y cuando me marche, sin embargo, correrás tras de mí. Niño tonto.
-Te marcharás. Claro que lo harás. Tú puedes aspirar a los cielos, y vienes a los fangos como divertimento.
-No me evites.
-No te vayas.
El repiqueteo aún no se ha detenido. Sigue sonando fuera, contra el cristal, empañado todavía. Y el frío aún no se ha ido. Ni la llama se ha extinguido. El papel sigue en blanco, y la tinta como un mar negro contenida espera a la pluma, que reposa elegantemente a un lado. Pero algo ha cambiado. Algo cálido vive aquí ahora.
Y que las horas se vuelvan eternas.

sábado, 16 de febrero de 2013

Desaparecer

Ese chico. Ese chico de mirada esquiva y sonrisa ausente. Con un libro bajo el brazo, siempre al lado de la ventana. Observando las hojas de los árboles como si algo en ellas se llevase el viento cada vez que las ajita y tal vez atento al trino de un pajarillo despistado. Con el mentón recogido en la mano, apoyándose con el codo en la mesa, mientras que con la otra garabatea en folios rayajos y fantasías que nadie en este mundo podría entender. Ese joven de figura torcida y simplicidad en el brillo de los ojos. Esa personita que está, pero no parece estar.

Ese muchacho de cabello cubriendo el rostro. De ropa oscura y paso rápido. De cabeza gacha y gesto oculto. No solo como queriendo ocultarse, si no protegerse, resguardarse en su interior. Acunarse agarrando sus rodillas y apretarse cada vez más fuerte contra si en la frialdad de la madrugada plutónica, acusante al desamparado, despojado de todo posible abrigo, de las mantas, de las sábanas, de su propia piel incluso y estuviese el corazón descubierto, siendo apuntado por infinidad de afiladas cuchillas en forma de rayos plateados de una luna emperatriz,

Como un árbol que crece entre rocas fue primero una semilla que se desarrolla y, avivado por los rayos de un astro ardiente, se hizo paso a través de grietas, destruyéndola, partiéndola en pedazos esparcidos en desorden, de una forma que jamás se recuperará. Aguantando el germen oscuro de un desprecio ajeno que de una sola sombra, apenas un brote gris, creció en forma de niebla tenebrosa. Ahora es una noche sin estrellas.

Ese chaval de labio tembloroso y oídos antentos. Qué más quisiera él que encoger. Hacerse cada vez más pequeño y descubrir que el mundo era en realidad tan sencillo como lo recordaba antaño. Verlo todo grande de nuevo, y que todo lo que le rodea vuelve a ser una aventura. Ese niño capaz de nuevo de corretear entre los árboles, tal vez subirse a ellos sin miedo a caer o hacerse daño. Ese chiquillo que es capaz de mirar al cielo y desafiar la bóveda con el puño en alto. Qué más quisiera él que las nubes y la lluvia significasen poco más que una tarde de exploración de las cosas pequeñas, y después de esta, un montón de charcos en los que saltar.

Volverse pequeño, más chiquitín a cada vez. Ridículamente enano, hasta que costase de ver. Que los pliegues de la tela supusiese un gran esfuerzo, y hubiesen canales en los adoquines de la calle. Escondites tras los objetos cotidianos.

Hacerse tan insignificante en tamaño como lo es en su interior. Y una vez realizada tan fantástica metamorfosis...

Desaparecer.

jueves, 31 de enero de 2013

El cuento interrumpido del niño que estaba siempre triste.

Yo. En genderbender, o algo, no sé. Parezco una tía, es lo único que tengo en claro.

Este es un dibujo raaaaaro. Y el texto que voy a poner a continuación que le llamo cuento, pero que no es un cuento, es un diálogo también es raaaaaro. Y hoy, a todo esto, estoy especialmente raro. Así que supongo que desde cierto punto de vista este es la entrada más coherente que he hecho en mucho tiempo.

Es bastante ligero. Espero que lo disfrutéis.

PD: Creo que este texto podría también llamarse "Conflictos internos"

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-En cada uno de los ínfimos espacios que escondían los entretejidos hilos de las cortinas de aquella habitación se contenía la trist…

+Eh, espera. Esto es un cuento.

-Bueno, ¿Y qué quieres que haga con eso?

+Los cuentos empiezan con “érase una vez”

-¿Oh, sí? ¿Y qué pasa con Cortázar?

+No hables de gente que no puede defenderse. Vuelve a empezar.

-Érase una vez unas cortinas que…

+¿Qué estás diciendo?

-No lo sé. Ya perdí el hilo.

+Ibas a hablar sobre un niño que está triste.

-Sí, ese niño siempre está triste. Sumido en sus cavilaciones, soñando con fantasía, experiencias mágicas que sabe nunca vivirá. En la soledad de su cuarto, sus pasiones son frustradas con rapidez por sus propias restricciones. Los ojos se le han acostumbrado a la oscuridad y cuando intenta ver la luz, le duelen.

+¿Y qué? ¿Al final conoce a alguien y…?

-No, no conoce a nadie. Se da cuenta de que la gente es imbécil y se suicida.

+Realmente apestas contando cuentos.

-Tú me lo has pedido, y encima vienes con exigencias. Ñoñas, por cierto.

+¿Y cómo si no podría dejar de estar triste?

-Las personas mueren, ¿sabes? Nada es para siempre. Ni tú ni yo estaremos…

+Bueno, nosotros sí. No existimos.

-Ese es un buen punto.

+Bueno, se da cuenta de que no necesita a nadie, se siente realizado y alcanza la felicidad, ¿no?

-Para nada. Se da cuenta de que no puede vivir solo.

+¿Y entonces?

-Se da cuenta de que él mismo es imbécil y se suicida.

+Tú eres imbécil.

-Conoce a una persona que le hace feliz.

+¿Y terminan enamorándose?

-Tú y tus ganas de llegar al final.

+Qué le voy a hacer. Bueno, dime cómo acaba.

-Pues eso no lo sé. Lo que sí que sé es que al niño le gustaría que esos momentos no se acabasen nunca.

+Bueno, está bien. Me doy por satisfecho.

-En ese caso registraré este día como histórico. 

martes, 29 de enero de 2013

Patchouli Knowledge


Esta es Patchouli Knowledge, personaje del juego de danmaku (literalmente "cortina de fuego" o "cortina de balas")"Touhou", de ZUN. Ella es una poderosa hechicera anémica que vive en la inmensa biblioteca de su amiga Remilia, a quien imparte clases. Sin embargo, a causa de su estado de salud no puede mostrar todo su potencial.

¿Ves todo esto? pues hay que esquivarlo. :D

Estoy especialmente contento con este dibujo. Surgió de forma espontánea, practicando estilos y técnicas. Es interesante. A raíz de esto, se me ocurrió escribir un relato que dejo más a delante. El punto del mismo es precisamente la ambientación. Quisiera que la imagen del lugar donde se encuentra y su posición respecto al mismo fuese formándose en base a las sensaciones y sentimientos transmitidos. Como sea, lo único que espero es que lo disfrutéis.

El texto es un poco referencial en algunas partes. De manera que supongo que subiré una segunda parte para situar mejor la escena. Enjoy.

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El tintineante sonido de una taza de porcelana temblando sobre su plato sonaba a lo lejos. El manillar de la puerta se abrió con un chasquido ahogado y después se cerró ronroneando. El frufrú de las faldas se fue aproximando, rozando con la madera de las mesas y las portadas de cuero de los lomos de algunos volúmenes que se encontraban desperdigados, algunos abiertos y con hojas sueltas, otros colocados formando torres  que parecían guardar una coherencia interna incomprensible. Entre ellos, un par de zapatos serpenteaba, golpeando con el rígido tacón el suelo de moqueta, que amortiguaba el sonido creando una percusión suave que iba volviéndose cada vez más cercana.

-Es Breakfast. Le sentará bien. – Su voz, tan dulce como acostumbraba a ser, se quebró al empezar a hablar, y tuvo que carraspear al terminar la frase, probablemente debido al tiempo que había pasado sin hablar. Eran tan breves las veces en las que la luz del sol rozaba esa piedra preciosa que guardaba en la cueva de su garganta que, cuando lo hacía, sorprendía por su ausencia y hermosura. Siempre correteando de aquí para allá, se sabía que estaba allí por el roce de los libros siendo devueltos a sus respectivas estanterías. Era el eco de mi propia respiración la que se confundía con la agitada de la suya, el único sonido que se podía escuchar en la inmensidad de la biblioteca, como dos máquinas de vapor funcionando sin cesar al mismo tiempo.

Alargó la mano hacia mí, y yo tomé el platito entre mis manos. Sus dedos tibios se confundían en tersura con la fría porcelana azul. La taza, sin embargo, estaba caliente, y el vapor me acarició la cara antes de templarse. Podía sentir cómo el té en su interior se balanceaba de un lado a otro hasta que la superficie quedó finalmente en calma. Con la punta de la uña recorría los motivos decorativos. Había visto esa vajilla montones de veces. Siguiendo desde su nacimiento una pequeña parra, cerca de la base del asa, iba alargándose y ondulándose en todas direcciones. Al final de esta larga rama, crecía una flor. Y allí, al otro lado del asidero, un pajarillo minuciosamente trabajado libaba de la misma.

Me sorprendí despertando de mis ensoñaciones sobre colibríes tiempo después. La infusión me quemó la punta de la lengua y cuando cogí aire para tratar de enfriarlo, el polvo me provocó un acceso de tos. Decidí finalmente dejarla a un lado, sobre una vieja y rara obra de olvidada ciencia. Su brazo amable apareció prontamente para ayudarme a colocarme en pie aunque parecía que ya se había marchado y estaba a metros de distancia, en las profundidades del laberinto del archivo. Lancé una mirada al fondo de la habitación. Allí, majestuoso, se erguía un imponente reloj que silencioso daba las horas sin perturbar el ambiente académico propio del lugar. La oscuridad que lo engullía hacía imposible distinguir de él más que un par de reflejos temblorosos que emitían las lánguidas velas en las lámparas que colgaban del techo.
-Lo lamento, estaba encendiendo todavía las luces- Dijo, adivinando mis pensamientos- Iré enseguida. De todas formas, a penas serán las cinco de la tarde.

Las cinco de la tarde. Y sin embargo, por la ventana que tenía al lado, sólo entraba un tenue rayo de luz pálido, como de luna llena. Me arrastré hasta ella apoyándome en la pared. En el cielo un grueso manto de nubes rojas se rizaba sobre sí mismo llevado por el viento. Apenas se podía distinguir por la densa niebla el muro que cercaba el recinto, y en ella la imponente portalada de hierro cuyos barrotes se entrelazaban como un amasijo de finas serpientes azabachadas.

El pomo cedió con facilidad, y el viento me golpeó el rostro. Entró repentinamente en la habitación como una manada de caballos desbocados que levantaron en su trote el polvo que antes descansaba en forma de una fina capa argentada. Abrieron libros de forma brusca, algunos cayeron abruptamente de los pilares en los que se hallaban. Las páginas se pasaban con estrépito, unido al fragor de millones de hojas volando por toda la habitación. El fulgor de los cirios se estremeció y tembló hasta que se extinguieron. Las lámparas de araña crujieron en el techo, dejándose llevar por el temporal.

Ella vino lo más rápido que pudo y cerró la ventana. En mis mejillas se agolpaba la sangre, y una especie de emoción frebril me sacudió la cabeza. En el estómago, una sensación de nerviosismo se agitaba y crecía, llegando en forma de cosquilleo a la yema de mis dedos. Ni siquiera era capaz de prestar atención a lo que la muchacha, a mi lado, me decía.

-Prepárate- dije yo con la voz lo más firme que me era posible – ya viene la ladrona de libros.
Inmediatamente soltó lo que sujetaba en sus manos y salió corriendo por la gran puerta lateral. Apurando la taza de té, resguardada de la furia del aire, a un gesto de mis manos toda vela ardió con furor. Las arañas volvieron a su lugar cascabeleando y el ambiente en el cuarto fue de nuevo tranquilo. Despegando los pies del suelo, flotando con quietud me arropé en las sombras de la bóveda.

-Aquí te espero- me oí susurrar. Allá fuera, a través de la única cristalera del cuarto, una serie de destellos y resplandores atravesaron la niebla que se agitaba conmocionada. Ya llegaba la ladrona de libros.

sábado, 26 de enero de 2013

Lluvia dorad... digo... de estrellas.


Pues aquí vuelvo, con ganas de revivir este blog que hace eones que no actualizo. Pienso subir de ahora en adelante tanto textos como dibujos. Y dibujos acompañados de texto. Y textos acompañados de dibujos.  Y dibujos acompañados de dibujos y textos con textos. ¡Viva la libertad sexual!

He disfrutado muchísimo con este, en especial. Ya quería hacer algo así desde que vi una tira que no he sido capaz de encontrar. Si alguien sabe cuál es, por favor, que me la pase. Y si la encuentro, ya la pondré. Trataba sobre una chica a la cual se le aparece una noche un chico. Este le enseña a hacer estrellitas de papel para que cada vez que se sienta triste haga una, y le dice que cuando llene una jarra de ellas le concederá un deseo. El final no lo desvelo, pero debería ser información suficiente nwn

Además, estreno firma, o algo. Sí, esa tacita en el borde de la imagen es un logo. Qué queréis que os diga, a mí me gusta.

Eso sí, buscando he encontrado esta página en Tumblr: Origami Stars que está absolutamente llena de imágenes de estrellitas hechas de origami. ¡Son una monada, y muy fáciles de hacer! Aquí dejo un vídeo tutorial.


Lo cierto es que ya me había planteado hacer algo así una vez. Quiero decir, suena interesante. Si cada vez que nos sentimos tristes hiciésemos una estrellita de papel ¿cuántos botes llenaríamos al final del año?

Por último, y de corazón, muchas gracias a Sora, que me ayudó con el coloreado. Le debo unas cuántas cosas que he aprendido. Enlazo a su blog, que merece la pena visitar: http://soravaltieri.blogspot.com/

PD: Spin, en un alarde de infinita bondad, me pasó la URL de la tira antes mencionada. la podéis ver aquí.

lunes, 21 de mayo de 2012

El fanfic de "el Oráculo de Phira" / Prólogo, parte segunda



Mientras estábamos cenando la luz se apagó de repente, y un estallido de luz azul iluminó de repente toda la habitación, reluciendo y destelleando en las copas de vidrio y en el resto de superficies de cristal. Unos segundos después, en la lejanía, bramó un trueno. La luz volvió poco después, y mis padres se levantaron para apagar los aparatos eléctricos. Mi padre apagó la televisión resignado mientras yo apuraba las últimas cucharadas del guisado. Sentía ahora en mi interior un calorcillo muy agradable.

Retiré mi plato con los cubiertos una vez hube terminado y los dejé en el fregadero. En mi habitación una serie de aparatos parpadeaban en la oscuridad, por haber llegado la luz de golpe, de manera que había que volver a ponerlos en hora. Pero mientras me disponía a hacerlo de nuevo se apagó la luz, y la oscuridad completa trajo consigo de nuevo otro destello, esta vez más furioso, que dejó sumida la ciudad en la noche. No se habían acostumbrado mis ojos a la falta de iluminación cuando sonó un ensordecedor trueno que me agitó el corazón e hizo vibrar el suelo.

Palpé con cuidado el tablero del escritorio con los dedos hasta adivinar que la superficie áspera que estaba tocando era la silla, y me senté con cuidado. Poco a poco, comencé a distinguir las formas en la habitación. La pantalla del ordenador se perdía en la penumbra de la mesa, pero la levísima luz fría que entraba permitía que se intuyese la alta estantería, los bordes de los libros que se difuminaban entre sí y conformaban un armazón único que se levantaba confundiéndose con la oscuridad en el techo. La lluvia acribillaba en forma de mil agujas la ventana empapada.

“Juraría que tengo una vela por aquí” musité para mí mismo. Me levanté de nuevo y avancé calculando los pasos que había hasta la estantería, arrastrando los pies para no tropezar con nada. Paseé los dedos por los lomos de los libros y me estiré hasta tener que ponerme de puntillas para llegar al estante superior, el cual barrí con la yema en mi búsqueda, pero me topé con un grueso tomo que se precipitó sobre mi cabeza cayendo estrepitosamente al suelo. Al agacharme a recogerlo encontré en el estante más bajo lo que estaba buscando: a su lado relucía un pequeño encendedor de gas de color azul que me habían regalado solo porque en él salía mi personaje favorito.

Dejé el volúmen sobre la mesa. El mechero soltó primero una chispa y después se encendió con un chasquido grave en forma de llama rubia que me hizo daño en los ojos. La mecha negra y retorcida prendió rápido en forma de una gruesa llama que hizo que la cera no tardase en brillar y desprenderse en forma de gotitas espesas.

Reconocería este libro entre mil iguales. Con las esquinas torcidas y la cubierta quebrándose y desprendiéndose hacia los bordes, mi viejo diario descansaba sobre las hojas cuadriculadas llenas de apuntes de clase. Una cerradura pequeñita de seguridad poco convincente brillaba con pequeños desconchones del color del óxido. Mis manos se estremecieron con el contacto de las tapas pardas de textura porosa, como si estuviese recogiendo una joya delicada, como si todo el peso del tiempo estuviese concentrado en aquel ejemplar. Los recuerdos me asaltaron y yo los acogí con ternura.

Bastó la presión de un palito para que cediese el cierre, con un “clic” inconfundible. Y entonces se abrieron ante mí todas las historias que le había contado. La primera lágrima de cera resbaló hasta depositarse en el posavelas vidriado, cuyos colores relucían y parecían moverse debido al temblor de la lumbre. La tinta azul describía unos garabatos de mayor profundidad y sentido que la forma en la que estaban descritos. Y en poco tiempo quedé sumido en la lectura de tan cautivador relato.

viernes, 11 de mayo de 2012

Las vías del tren



Dedicado a mis fans sevillanos: Enlhadern, Camaleón y Spin. Porque sin ellos no sería lo mismo. Y porque no puedo alegarme más de haberlos conocido.

Era poco habitual encontrarse a gente de aquella clase en un pueblo semejante. La gente que pasaba cerca no podía evitar girar la mirada, temerosos de cruzarla con alguno de los dos, intentando abarcar los detalles de sus ropas o la forma de sus siluetas en la memoria, para después comentarlo con aquellos que no tuvieron la oportunidad de pasar a las cinco de la tarde por delante de la estación del ferrocarril. A la señora no se le veía el rostro; tal vez por ello a todos les quedó el recuerdo de ser la criatura más hermosa que jamás habían visto.La forma de sus hombros se podía intuir bajo el pesado chal azul que se extendía en mil plieges. El vestido, de un tono más oscuro, pasaba a través de las patas de la silla debido a su volumen. Las manos, enguantadas en un fino tejido de color lechoso, podían verse a veces rizando algún largo mechón que había escapado del recogido bajo el amplio sombrero. El caballero apoyaba un codo en la mesa y con la mano se acariciaba la barbilla recién afeitada. De tanto en cuando se sacudía algún copo de polen que le había caído en la solapa del traje, brillante como las perlas negras.
-Me gustaría saber qué estás maquinando en esa cabecita tuya.
Ella no contestó. Ni siquiera giró la cabeza. Su pecho subía cada vez que tomaba aire, cosa que hacía con suma calma. El canto de los pájaros en las ramas de los naranjos alegraba la tarde soleada. Dos señoras mayores pasaron cerca de allí por el adoquinado de la calle central, murmurando con las cabezas tan juntas que las viseras de sus cofias tropezaban y el fru-frú de las faldas se hacía audible. Dirigieron una mirada a los singulares extranjeros y reanudaron la marcha tras un momento de silencio.
-Creo que no lo vas a adivinar. No esta vez.
-¿Estás nerviosa?
-Es a ti a quien le dan miedo, no a mí.
-No seas mala conmigo, anda.
-Nadie dijo que tuviera que ser amable.
El camarero trajo lo que se le había pedido. De la taza de café se derramaron un par de gotas que resbalaron hasta llegar al plato. El otro vaso llegó intacto por los pelos. El hombre se disculpó por su terrible pulso y se marchó haciendo una leve reverencia, que fue contestada por una levísima y displicente inclinación de cabeza.
-¿Chocolate caliente? ¿En verano?- rió la muchacha.
-Mira quién fue a hablar. Sóplale bien al café, no vayas a quemarte la lengua.
La aludida asió con un dedo la tacita y la acercó a su sonrisa. La colocó de nuevo sobre su platito de cerámica desgastada ya por el uso, donde podían advertirse los restos de pintura de lo que fueron unas flores rosáceas.
-Dicen que Sevilla es preciosa.
-Lo vamos a pasar muy bien. Dicen que los jardines son de una singular belleza.
-No sé exactamente con qué esperas encontrarte.
-¿Lo sabes tú?
-Con gente maravillosa. Si son tal y como se muestran, lo serán.
-Y a ti, ¿quién te lo ha dicho?
-Un pajarito. Uno azul.
-Entonces dice la verdad. Créele.
Un ferrocarril se detuvo en la estación con gran estruendo y escupiendo una gran columna de humo rizado. Ambos apuraron sus bebidas. El camarero se acercó para preguntar si querían algo más, pero ambos se limitaron a coger las maletas y pedir disculpas, pues debían coger el tren antes de que se fuera. Este se despidió de ellos, haciéndoles una nueva reverencia, y se quedó a ver el convoy partir. Tenía algo de especial, algo que hacía que no se cansase de verlo pasar aunque trabajase en el café de la estación. Cuando este se fue perdiendo en la lejanía, observó la infinitud de las líneas férreas y exclamó para sus adentros “¡Pero bueno! ¡Si no han pagado la cuenta!”