Ese chico. Ese chico de mirada esquiva y sonrisa ausente. Con un libro bajo el brazo, siempre al lado de la ventana. Observando las hojas de los árboles como si algo en ellas se llevase el viento cada vez que las ajita y tal vez atento al trino de un pajarillo despistado. Con el mentón recogido en la mano, apoyándose con el codo en la mesa, mientras que con la otra garabatea en folios rayajos y fantasías que nadie en este mundo podría entender. Ese joven de figura torcida y simplicidad en el brillo de los ojos. Esa personita que está, pero no parece estar.
Ese muchacho de cabello cubriendo el rostro. De ropa oscura y paso rápido. De cabeza gacha y gesto oculto. No solo como queriendo ocultarse, si no protegerse, resguardarse en su interior. Acunarse agarrando sus rodillas y apretarse cada vez más fuerte contra si en la frialdad de la madrugada plutónica, acusante al desamparado, despojado de todo posible abrigo, de las mantas, de las sábanas, de su propia piel incluso y estuviese el corazón descubierto, siendo apuntado por infinidad de afiladas cuchillas en forma de rayos plateados de una luna emperatriz,
Como un árbol que crece entre rocas fue primero una semilla que se desarrolla y, avivado por los rayos de un astro ardiente, se hizo paso a través de grietas, destruyéndola, partiéndola en pedazos esparcidos en desorden, de una forma que jamás se recuperará. Aguantando el germen oscuro de un desprecio ajeno que de una sola sombra, apenas un brote gris, creció en forma de niebla tenebrosa. Ahora es una noche sin estrellas.
Ese chaval de labio tembloroso y oídos antentos. Qué más quisiera él que encoger. Hacerse cada vez más pequeño y descubrir que el mundo era en realidad tan sencillo como lo recordaba antaño. Verlo todo grande de nuevo, y que todo lo que le rodea vuelve a ser una aventura. Ese niño capaz de nuevo de corretear entre los árboles, tal vez subirse a ellos sin miedo a caer o hacerse daño. Ese chiquillo que es capaz de mirar al cielo y desafiar la bóveda con el puño en alto. Qué más quisiera él que las nubes y la lluvia significasen poco más que una tarde de exploración de las cosas pequeñas, y después de esta, un montón de charcos en los que saltar.
Volverse pequeño, más chiquitín a cada vez. Ridículamente enano, hasta que costase de ver. Que los pliegues de la tela supusiese un gran esfuerzo, y hubiesen canales en los adoquines de la calle. Escondites tras los objetos cotidianos.
Hacerse tan insignificante en tamaño como lo es en su interior. Y una vez realizada tan fantástica metamorfosis...
Desaparecer.
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