martes, 29 de enero de 2013

Patchouli Knowledge


Esta es Patchouli Knowledge, personaje del juego de danmaku (literalmente "cortina de fuego" o "cortina de balas")"Touhou", de ZUN. Ella es una poderosa hechicera anémica que vive en la inmensa biblioteca de su amiga Remilia, a quien imparte clases. Sin embargo, a causa de su estado de salud no puede mostrar todo su potencial.

¿Ves todo esto? pues hay que esquivarlo. :D

Estoy especialmente contento con este dibujo. Surgió de forma espontánea, practicando estilos y técnicas. Es interesante. A raíz de esto, se me ocurrió escribir un relato que dejo más a delante. El punto del mismo es precisamente la ambientación. Quisiera que la imagen del lugar donde se encuentra y su posición respecto al mismo fuese formándose en base a las sensaciones y sentimientos transmitidos. Como sea, lo único que espero es que lo disfrutéis.

El texto es un poco referencial en algunas partes. De manera que supongo que subiré una segunda parte para situar mejor la escena. Enjoy.

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El tintineante sonido de una taza de porcelana temblando sobre su plato sonaba a lo lejos. El manillar de la puerta se abrió con un chasquido ahogado y después se cerró ronroneando. El frufrú de las faldas se fue aproximando, rozando con la madera de las mesas y las portadas de cuero de los lomos de algunos volúmenes que se encontraban desperdigados, algunos abiertos y con hojas sueltas, otros colocados formando torres  que parecían guardar una coherencia interna incomprensible. Entre ellos, un par de zapatos serpenteaba, golpeando con el rígido tacón el suelo de moqueta, que amortiguaba el sonido creando una percusión suave que iba volviéndose cada vez más cercana.

-Es Breakfast. Le sentará bien. – Su voz, tan dulce como acostumbraba a ser, se quebró al empezar a hablar, y tuvo que carraspear al terminar la frase, probablemente debido al tiempo que había pasado sin hablar. Eran tan breves las veces en las que la luz del sol rozaba esa piedra preciosa que guardaba en la cueva de su garganta que, cuando lo hacía, sorprendía por su ausencia y hermosura. Siempre correteando de aquí para allá, se sabía que estaba allí por el roce de los libros siendo devueltos a sus respectivas estanterías. Era el eco de mi propia respiración la que se confundía con la agitada de la suya, el único sonido que se podía escuchar en la inmensidad de la biblioteca, como dos máquinas de vapor funcionando sin cesar al mismo tiempo.

Alargó la mano hacia mí, y yo tomé el platito entre mis manos. Sus dedos tibios se confundían en tersura con la fría porcelana azul. La taza, sin embargo, estaba caliente, y el vapor me acarició la cara antes de templarse. Podía sentir cómo el té en su interior se balanceaba de un lado a otro hasta que la superficie quedó finalmente en calma. Con la punta de la uña recorría los motivos decorativos. Había visto esa vajilla montones de veces. Siguiendo desde su nacimiento una pequeña parra, cerca de la base del asa, iba alargándose y ondulándose en todas direcciones. Al final de esta larga rama, crecía una flor. Y allí, al otro lado del asidero, un pajarillo minuciosamente trabajado libaba de la misma.

Me sorprendí despertando de mis ensoñaciones sobre colibríes tiempo después. La infusión me quemó la punta de la lengua y cuando cogí aire para tratar de enfriarlo, el polvo me provocó un acceso de tos. Decidí finalmente dejarla a un lado, sobre una vieja y rara obra de olvidada ciencia. Su brazo amable apareció prontamente para ayudarme a colocarme en pie aunque parecía que ya se había marchado y estaba a metros de distancia, en las profundidades del laberinto del archivo. Lancé una mirada al fondo de la habitación. Allí, majestuoso, se erguía un imponente reloj que silencioso daba las horas sin perturbar el ambiente académico propio del lugar. La oscuridad que lo engullía hacía imposible distinguir de él más que un par de reflejos temblorosos que emitían las lánguidas velas en las lámparas que colgaban del techo.
-Lo lamento, estaba encendiendo todavía las luces- Dijo, adivinando mis pensamientos- Iré enseguida. De todas formas, a penas serán las cinco de la tarde.

Las cinco de la tarde. Y sin embargo, por la ventana que tenía al lado, sólo entraba un tenue rayo de luz pálido, como de luna llena. Me arrastré hasta ella apoyándome en la pared. En el cielo un grueso manto de nubes rojas se rizaba sobre sí mismo llevado por el viento. Apenas se podía distinguir por la densa niebla el muro que cercaba el recinto, y en ella la imponente portalada de hierro cuyos barrotes se entrelazaban como un amasijo de finas serpientes azabachadas.

El pomo cedió con facilidad, y el viento me golpeó el rostro. Entró repentinamente en la habitación como una manada de caballos desbocados que levantaron en su trote el polvo que antes descansaba en forma de una fina capa argentada. Abrieron libros de forma brusca, algunos cayeron abruptamente de los pilares en los que se hallaban. Las páginas se pasaban con estrépito, unido al fragor de millones de hojas volando por toda la habitación. El fulgor de los cirios se estremeció y tembló hasta que se extinguieron. Las lámparas de araña crujieron en el techo, dejándose llevar por el temporal.

Ella vino lo más rápido que pudo y cerró la ventana. En mis mejillas se agolpaba la sangre, y una especie de emoción frebril me sacudió la cabeza. En el estómago, una sensación de nerviosismo se agitaba y crecía, llegando en forma de cosquilleo a la yema de mis dedos. Ni siquiera era capaz de prestar atención a lo que la muchacha, a mi lado, me decía.

-Prepárate- dije yo con la voz lo más firme que me era posible – ya viene la ladrona de libros.
Inmediatamente soltó lo que sujetaba en sus manos y salió corriendo por la gran puerta lateral. Apurando la taza de té, resguardada de la furia del aire, a un gesto de mis manos toda vela ardió con furor. Las arañas volvieron a su lugar cascabeleando y el ambiente en el cuarto fue de nuevo tranquilo. Despegando los pies del suelo, flotando con quietud me arropé en las sombras de la bóveda.

-Aquí te espero- me oí susurrar. Allá fuera, a través de la única cristalera del cuarto, una serie de destellos y resplandores atravesaron la niebla que se agitaba conmocionada. Ya llegaba la ladrona de libros.

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