Mientras estábamos
cenando la luz se apagó de repente, y un estallido de luz azul iluminó de
repente toda la habitación, reluciendo y destelleando en las copas de vidrio y
en el resto de superficies de cristal. Unos segundos después, en la lejanía,
bramó un trueno. La luz volvió poco después, y mis padres se levantaron para
apagar los aparatos eléctricos. Mi padre apagó la televisión resignado mientras
yo apuraba las últimas cucharadas del guisado. Sentía ahora en mi interior un
calorcillo muy agradable.
Retiré mi plato con
los cubiertos una vez hube terminado y los dejé en el fregadero. En mi
habitación una serie de aparatos parpadeaban en la oscuridad, por haber llegado
la luz de golpe, de manera que había que volver a ponerlos en hora. Pero
mientras me disponía a hacerlo de nuevo se apagó la luz, y la oscuridad
completa trajo consigo de nuevo otro destello, esta vez más furioso, que dejó
sumida la ciudad en la noche. No se habían acostumbrado mis ojos a la falta de
iluminación cuando sonó un ensordecedor trueno que me agitó el corazón e hizo
vibrar el suelo.
Palpé con cuidado
el tablero del escritorio con los dedos hasta adivinar que la superficie áspera
que estaba tocando era la silla, y me senté con cuidado. Poco a poco, comencé a
distinguir las formas en la habitación. La pantalla del ordenador se perdía en
la penumbra de la mesa, pero la levísima luz fría que entraba permitía que se
intuyese la alta estantería, los bordes de los libros que se difuminaban entre
sí y conformaban un armazón único que se levantaba confundiéndose con la
oscuridad en el techo. La lluvia acribillaba en forma de mil agujas la ventana
empapada.
“Juraría que tengo
una vela por aquí” musité para mí mismo. Me levanté de nuevo y avancé
calculando los pasos que había hasta la estantería, arrastrando los pies para
no tropezar con nada. Paseé los dedos por los lomos de los libros y me estiré
hasta tener que ponerme de puntillas para llegar al estante superior, el cual
barrí con la yema en mi búsqueda, pero me topé con un grueso tomo que se
precipitó sobre mi cabeza cayendo estrepitosamente al suelo. Al agacharme a recogerlo
encontré en el estante más bajo lo que estaba buscando: a su lado relucía un
pequeño encendedor de gas de color azul que me habían regalado solo porque en
él salía mi personaje favorito.
Dejé el volúmen
sobre la mesa. El mechero soltó primero una chispa y después se encendió con un
chasquido grave en forma de llama rubia que me hizo daño en los ojos. La mecha
negra y retorcida prendió rápido en forma de una gruesa llama que hizo que la
cera no tardase en brillar y desprenderse en forma de gotitas espesas.
Reconocería este
libro entre mil iguales. Con las esquinas torcidas y la cubierta quebrándose y
desprendiéndose hacia los bordes, mi viejo diario descansaba sobre las hojas
cuadriculadas llenas de apuntes de clase. Una cerradura pequeñita de seguridad poco
convincente brillaba con pequeños desconchones del color del óxido. Mis manos
se estremecieron con el contacto de las tapas pardas de textura porosa, como si
estuviese recogiendo una joya delicada, como si todo el peso del tiempo
estuviese concentrado en aquel ejemplar. Los recuerdos me asaltaron y yo los
acogí con ternura.
Bastó la presión de
un palito para que cediese el cierre, con un “clic” inconfundible. Y entonces
se abrieron ante mí todas las historias que le había contado. La primera
lágrima de cera resbaló hasta depositarse en el posavelas vidriado, cuyos
colores relucían y parecían moverse debido al temblor de la lumbre. La tinta
azul describía unos garabatos de mayor profundidad y sentido que la forma en la
que estaban descritos. Y en poco tiempo quedé sumido en la lectura de tan
cautivador relato.

Me encanta. Es abosrivente. Muy buenas descripciones, si señor :3
ResponderEliminarCreo que te lo dije ya... ¡Jo, adoro como escribes!
ResponderEliminarLa última parte me da mucha ternura :'D