Cuando la pesadilla acabó,
en su tan liviana barrera entre la fantasía y la realidad, se creó una extraña
semejanza. El mundo material y el abstracto, reconciliados. Me di cuenta al
instante de que con el fin del uno había estallado en un silencioso disparo el
comienzo del segundo, y ambos eran aterradoramente similares. La onírica
tortura se había tornado del humo intangible en corpóreo, y aun me laceraba. Mi
mundo, mi tan preciado mundo. Aquél donde las nubes son de apetitoso algodón
rosado, en el que los peces parecen observarte, en el que los cuadros te
sonríen en secreto. Allí las caracolas esconden mares, y uno puede escucharlos
si acerca la oreja. En el que los duendes habitantes de húmedas y oscuras
cuevas repiten lo que dices si te adentras en su morada.
Mi incorruptible cosmos
había sido mancillado, tachado y parasitado por la tintura gris de la realidad.
El asedio implacable de la mundanal miseria había asaltado aprovechando el
asombro que su duro golpe me había provocado, el delicado entramado que
componían mis sueños. Como estrellas prendidas del techo, todas ellas cayeron
al ser cortados los hilos que las sujetaban por las afiladas infamias de
terrenal origen. Las mismas que con grietas de un suave tono rojo invadieron
los ojos castaños incapaces de ver por las incipientes lágrimas, a punto de
caer.
Encontré la cama vacía. Y me
acordé de quién debía estar allí. Aun ahogando un sollozo, no pude evitar que
una gota abriese un húmedo surco en mi mejilla. Acaricié por largo rato la
sábana que solía arroparte, la almohada que hacía de tus noches un apacible
descanso. Y, por último, acerqué el rostro al caprichoso colchón, que en un
intento de retener tu esencia, se había quedado con restos de tu aroma.
Mientras captaba estos materiales recuerdos, me invadió la terrible sensación.
La que hace que nos de cuenta de que eras real, y no te tenía entre mis
manos.
Me encontré vacío. Y recordé
quién debería completar mis huecos. Aun conteniendo un gemido de asombro, no
pude evitar el abrir mis ojos a causa de la sorpresa. Acaricié por largo rato mis
brazos, que solía arropar, los labios que acariciaba buscando un plácido
reposo. Y, por último, acerqué la cara a mis manos, que en una desesperada
última búsqueda de esperanzas intentaron retenerte y habían atrapado parte de
tu olor. Mientras me reponía de la impresión me di cuenta de que eras real, y
de que te habías ido.
Pero, aunque no lo sepas, no
importa. No sabes que estamos todavía unidos.
Nos une el mismo sol y la misma noche.
La misma luna y el mismo
día.
El calor, el frío, el viento
y las tormentas.
El agua y la tierra, amor,
nos amparan, aun separados, bajo el abrazo de la misma vida. Y al hacer tan
vívidas las evidencias que señalan tu existencia, puedo expresarte sin duda
ninguna que es palpable, innegable y mi única idea aun limpia el que te amo.
Por siempre.

Bravo bravísimo. Me has dejado sin palaras. Absolutamente perfecto.
ResponderEliminarPerfecto, es la palabra que me viene a la mente, así como melodioso, no se porque pero tiene cierto ritmo.
ResponderEliminarEscribes de muerte, tienes una forma de escribir que es muy amena e incita a seguir leyendo.
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