miércoles, 9 de mayo de 2012

El fanfic de "el Oráculo de Phira" / Prólogo, parte primera



El día había amanecido nublado, y aunque se pudieron ver algunos claros de luz durante el mediodía, lo cierto es que desde el horizonte se extendían amenazantes unas nubes oscuras como el tizón que taparon el sol hacia la tarde, dejando la calle teñida de un ligero color plateado. Daba la impresión de que se rizaban sobre sí mismas, haciéndose paulatinamente más densas, así como las olas del mar giran una vez antes de empapar la orilla. El manto algodonoso trajo consigo los vientos del norte, que desde la mañana se dedicó a anunciar la tormenta que estalló cuando ya estaba anocheciendo. Cuando llegué a casa apenas había comenzado a chispear y el cielo empezó a rugir relámpagos débiles que rasgaron la bóveda en forma de grietas luminosas. Un fortísimo trueno sorprendió mis oídos, y significó el pistoletazo para que el aguacero comenzase a caer.

Yo había llegado a tiempo para evitar empaparme, y en mi cabello apenas había caído un par de perlas cristalinas que me sacudí salpicando la chaqueta.

-¿Miguel? ¿Eres tú?- Mi madre me llamó desde la cocina. Hasta el recibidor llegaba un olor a carne muy suave y el rumor del agua hirviendo en el fuego se mezclaba con el de las gotas de lluvia golpeando con rabia las ventanas. En el interior de la casa había un ambiente cálido, que hizo que rápidamente comenzase a sentir el cosquilleo de la sangre corriendo de nuevo por mis manos heladas.

-Sí, mamá ¿quién voy a ser?- De camino por el pasillo hacia mi habitación me apoyé en el marco de la puerta abierta de la cocina para ver qué preparaba. Era un guisado de patata y ternera. La zanahoria hervía en el fuego, temblando sobre la superficie burbujeante del caldo de carne, y mi madre se dedicaba a cortar el resto de ingredientes sobre la encimera. Al verme llegar me echó un vistazo rápido para cercionarse de que no tenía la ropa mojada. Después siguió cortando con un afilado cuchillo de mango reluciente una cebolla que había hecho que tuviese los ojos brillantes.

-¿Qué hacías en el vestíbulo?

-Estaba colgando el chaquetón, eso es todo.- Y dicho esto reanudé la marcha hacia mi cuarto, que se perdía en la esquina del corredor.

“Con lo que has tardado podías colgar diez abrigos” fue lo último que escuché antes de cerrar la puerta de mi habitación.

Mientras esperaba a la cena saqué los libros de la cartera y me dispuse a hacer unos ejercicios de matemáticas, pero me resultó imposible. Sería el influjo del tiempo, pero el murmullo del aguacero y el rasgido del bolígrafo contra el papel me estaban induciendo una especie de sopor, de manera que tuve que soltarlo si no quería acabar durmiendo sobre el cuaderno. Al hacerlo me miré los nudillos: los tenía muy rojos, al contrario que el resto de la mano que se mantenía todavía pálida y algo entumecida, aunque ya habían entrado en calor.

La cena fue rápida y copiosa. Mi madre era el tipo de persona a la que le gustaba que todo pareciese perfecto aunque realmente no lo fuera. Por ello colocaba con esmero las servilletas de papel dobladas con cuidado al lado de los platos de porcelana con ornamentaciones de color salmón. Nunca comprendí esa obsesión suya de cuidar los detalles cuando no iba a venir ningún invitado a quien tener que dar buena impresión. Y sin embargo seguía yendo de la cocina al comedor, ora con un tapetillo de tiras de mimbre entrelazadas, ora con una salsera de boca alargada, ora con aquella aceitera tan bonita que le regalaron no-sé-dónde.

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