domingo, 6 de mayo de 2012

Natural


La noche se extendía por las calles de la ciudad. Las bombillas de las farolas en su coraza de cristal trataban de luchar contra ella iluminando precariamente la acera. Brillaban como luciérnagas, cuya luz más que disipar la oscuridad parece ser engullida por la penumbra. Algunos coches pasaban a veces iluminando con sus faros el asfalto que se perdía en la negrura y que resurgía a ratos según pasaban los vehículos, así como si estos fuesen trazando su propio camino que desaparecía tras de ellos. En los que estaban aparcados se podía percibir que tenían empañados los cristales. Pocas ventanas quedaban ya encendidas, y las figuras tras de ellas se adivinaban cansadas, preparadas para acabar ya el día. El viento traía una humedad que calaba los huesos y entumecía el espíritu. El murmullo de las hojas de los árboles agitándose rompía a veces el solemne silencio. En los bordes del pavimento crecían plantas secas y puntiagudas, aunque uno podía encontrarse un arbusto con margaritas y otras flores silvestres. La naturaleza salvaje se extendía por las praderas y la carretera se estiraba como un corte negro sangrante en el muslo de piel joven. El olor dulzón del jazmín bajó serpenteando de un balcón y se dejó llevar mecida por la brisa, que la hizo subir por las colinas y los caminos de piedra negra que subían y bajaban.

Primero se oyó el eco de unos tacones aguijoneando la piedra negra. Después, el crujido de las piedrecitas y su tintineo al rebotar unas con otras. Le siguió el sonido de unos zapatos subiendo  escaleras, y por último la música metálica de unas llaves cerrando una puerta con sigilo. Ella había llegado al fin a casa. Al encender la lámpara del largo pasillo el tono cálido le pareció un regalo. Al fondo de este, en un espejo que ocupaba toda la pared, podía ver su figura cansada. A medida que el reflejo se iba haciendo más grande y nítido, iba quitándose los zapatos, que se quedaron atrás. Al sentir el suelo fresco en la planta de sus pies la recorrió un escalofrío agradable y su vello se erizó por unos instantes. El bolso se descolgó del hombro hasta la mano y corrió la misma suerte. Antes de entrar a una habitación a su izquierda, echó una última ojeada al pasillo y su luz se desvaneció como si hubiese dejado de resistirse a ser inundado por la nocturna negrura al tiempo que ella tras la puerta.

Una vez encendido, el agua caliente no tardó en empezar a generar vapor que iba ascendiendo y rizándose. La imagen del cristal se fue emborronando hasta que desapareció tras una película semitransparente. La piel apenas se reflejaba como una mancha confusa. Se palpó los pechos, todavía calientes a causa del vestido que yacía junto al resto de ropa en un rincón. Varias horquillas fueron juntándose en el borde del lavabo de cristal a medida que los mechones de cabello se liberaban del recogido y recuperaban, desordenados, su posición natural. El agua caliente le sacudió el frío y dejó en reposo su cuerpo. Su mente, por otro lado, permaneció muy lejos de allí, más salvaje que el campo, más allá del horizonte donde se perdía el camino negro, durante largo rato con la lluvia constante sobre su cabeza.

Mientras con la toalla se secaba el cabello vigorosamente, él entró de pronto. Sus miradas se cruzaron por un instante que pareció muy largo. Ella trató de tapar su desnudez, mientras que él entró de golpe para no dejar salir el calor del baño. El vaho, que había empezado a escabullirse al encontrar una salida, chocó contra la salida ahora cerrada y se arremolinó sobre si mismo. Se observaron sin dirigirse palabra. Ella con los ojos cansados, y él con la risa en los labios. Pasó rápidamente y sin cuidado la mano del cristal dejando un trazo irregular. Ahora podía verse con claridad. No era de su cansancio del cual hacía mofa; el motivo de su risa era que tenía los ojos tiznados por los restos de maquillaje.

Ella se frotó los ojos con una toallita húmeda, dejando su piel enrojecida. Él dejó la camiseta que llevaba puesta en el montón de ropa, en la esquina. Ella se sobresaltó al notar las manos cálidas y secas por sus hombros perlados, retirando las gotitas que caían del cabello aún mojado. Él las deslizó hábilmente y en un momento el nudo de la toalla se deshizo y cayó al suelo. Ella apenas pudo reaccionar cuando notó cómo la cogía de las muñecas y le abrazaba.

-Estás bellísima - Dijo, mientras aspiraba el perfume de su cuello.

-¿Así? ¿Con el cabello empapado pegado a las sienes, las ojeras amoratadas y la cara enrojecida?

-Que se vayan el maquillaje, los vestidos y las joyas. Así eres solo tú. Y estás bellísima.

1 comentario:

  1. Magnífico, de verdad. Es que no sé ya ni qué comentar cuando te leo. Es tan genial que ni siquiera se puede hacer una mínima crítica.

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