lunes, 21 de mayo de 2012

El fanfic de "el Oráculo de Phira" / Prólogo, parte segunda



Mientras estábamos cenando la luz se apagó de repente, y un estallido de luz azul iluminó de repente toda la habitación, reluciendo y destelleando en las copas de vidrio y en el resto de superficies de cristal. Unos segundos después, en la lejanía, bramó un trueno. La luz volvió poco después, y mis padres se levantaron para apagar los aparatos eléctricos. Mi padre apagó la televisión resignado mientras yo apuraba las últimas cucharadas del guisado. Sentía ahora en mi interior un calorcillo muy agradable.

Retiré mi plato con los cubiertos una vez hube terminado y los dejé en el fregadero. En mi habitación una serie de aparatos parpadeaban en la oscuridad, por haber llegado la luz de golpe, de manera que había que volver a ponerlos en hora. Pero mientras me disponía a hacerlo de nuevo se apagó la luz, y la oscuridad completa trajo consigo de nuevo otro destello, esta vez más furioso, que dejó sumida la ciudad en la noche. No se habían acostumbrado mis ojos a la falta de iluminación cuando sonó un ensordecedor trueno que me agitó el corazón e hizo vibrar el suelo.

Palpé con cuidado el tablero del escritorio con los dedos hasta adivinar que la superficie áspera que estaba tocando era la silla, y me senté con cuidado. Poco a poco, comencé a distinguir las formas en la habitación. La pantalla del ordenador se perdía en la penumbra de la mesa, pero la levísima luz fría que entraba permitía que se intuyese la alta estantería, los bordes de los libros que se difuminaban entre sí y conformaban un armazón único que se levantaba confundiéndose con la oscuridad en el techo. La lluvia acribillaba en forma de mil agujas la ventana empapada.

“Juraría que tengo una vela por aquí” musité para mí mismo. Me levanté de nuevo y avancé calculando los pasos que había hasta la estantería, arrastrando los pies para no tropezar con nada. Paseé los dedos por los lomos de los libros y me estiré hasta tener que ponerme de puntillas para llegar al estante superior, el cual barrí con la yema en mi búsqueda, pero me topé con un grueso tomo que se precipitó sobre mi cabeza cayendo estrepitosamente al suelo. Al agacharme a recogerlo encontré en el estante más bajo lo que estaba buscando: a su lado relucía un pequeño encendedor de gas de color azul que me habían regalado solo porque en él salía mi personaje favorito.

Dejé el volúmen sobre la mesa. El mechero soltó primero una chispa y después se encendió con un chasquido grave en forma de llama rubia que me hizo daño en los ojos. La mecha negra y retorcida prendió rápido en forma de una gruesa llama que hizo que la cera no tardase en brillar y desprenderse en forma de gotitas espesas.

Reconocería este libro entre mil iguales. Con las esquinas torcidas y la cubierta quebrándose y desprendiéndose hacia los bordes, mi viejo diario descansaba sobre las hojas cuadriculadas llenas de apuntes de clase. Una cerradura pequeñita de seguridad poco convincente brillaba con pequeños desconchones del color del óxido. Mis manos se estremecieron con el contacto de las tapas pardas de textura porosa, como si estuviese recogiendo una joya delicada, como si todo el peso del tiempo estuviese concentrado en aquel ejemplar. Los recuerdos me asaltaron y yo los acogí con ternura.

Bastó la presión de un palito para que cediese el cierre, con un “clic” inconfundible. Y entonces se abrieron ante mí todas las historias que le había contado. La primera lágrima de cera resbaló hasta depositarse en el posavelas vidriado, cuyos colores relucían y parecían moverse debido al temblor de la lumbre. La tinta azul describía unos garabatos de mayor profundidad y sentido que la forma en la que estaban descritos. Y en poco tiempo quedé sumido en la lectura de tan cautivador relato.

2 comentarios:

  1. Me encanta. Es abosrivente. Muy buenas descripciones, si señor :3

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  2. Creo que te lo dije ya... ¡Jo, adoro como escribes!
    La última parte me da mucha ternura :'D

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